Lo que he aprendido

Foto: ©Eva Rufo






















He aprendido que todo aprendizaje es efímero. Al instante siguiente de aprender algo puedes aprender aparentemente lo contrario. Toda experiencia es única e irrepetible, y no sirve a nadie más, ni en ningún otro momento. He aprendido que las conclusiones son excusas para no ir más allá de nuestra concepción habitual del mundo, que es la costumbre que nos acuna y también nos encierra. Las conclusiones son intentos de frenar un aprendizaje que, por definición, es imparable e infinito. He aprendido que no hay prisa porque ya estoy allí donde voy, ya soy lo que seré y lo que no seré, y ya tengo todo cuanto deseo desde que nací. He aprendido que la experiencia no da sabiduría, sino que la sabiduría es lo que haces con cualquier experiencia, y que si confías en que la experiencia te dará algo por sí misma, sólo tendrás prejuicios.

He aprendido que algunas cosas me han funcionado hasta ahora, pero que puedo hacer siempre que funcionen mejor. He aprendido que algunas cosas no me han funcionado hasta ahora, pero que puedo aprender cómo hacer que funcionen. Dicen que Buda dijo: “La verdad es lo que da resultado”. He aprendido a sentir la verdad en todas partes. Y he aprendido que todo es por algo, y que esa causalidad se puede inventar y es útil, aunque no sea “cierta”. 

He aprendido que la sabiduría del universo se expresa con facilidad, y que la dificultad al aprender algo genera un orgullo con el que lo aprendido te esclaviza. Cuanto más esfuerzo ha requerido el aprendizaje, más se tiende a afianzarlo y, por tanto, más se suele identificar un@ con ello. Y entonces se guarda como un trofeo disecado y se esgrime con absurdo prestigio, cuando ese aprendizaje ya está obsoleto. 

He aprendido que el intento de enseñar al otro le impide aprender, pero que el propio deseo y la propia alegría de aprender todo el tiempo, contagia ese deseo y esa alegría en los otros. 

Aprendí algunas cosas básicas, dicen, como que el fuego quema. Pero he aprendido que quizás quema por la costumbre de quemarnos con él, y es la creencia reforzada por esa costumbre la que en verdad nos quema. Porque el fuego puede no quemar, si aprendes a ser el fuego. 

He aprendido que un@ puede aprender cualquier cosa que se proponga, y digo cualquiera. Y que para seguir aprendiendo es necesario ir desaprendiendo todo cuanto se aprende, y no poseer ideas previas. 

He aprendido a no saber ya nada, a no saber al fin quién soy, ¡qué alegría! He aprendido que todo aprendizaje es sólo un punto de vista de un aprendizaje colectivo, inabarcable para un ser humano, que sucede a pesar de todos nuestros supuestos aprendizajes. Y he aprendido que todo esto que he aprendido, a veces, y desde cierto punto de vista, también es “mentira”.



(Texto publicado en "Momento a momento. Revista de actores y actrices en movimiento", en la sección "Lo que he aprendido", coordinada por Oscar Durán-Yates: Enlace a fuente original)

Vive sin metas y sin vocación

Torei-calligraphy: Mu



















Vivir en base a metas es vivir en el futuro, para el futuro. Es decir: para algo que no existe. Vivir para nada. Hoy existe en el mundo una epidemia de afán por el logro. Muchos necesitan inventar metas para sentir que su ser evoluciona. Identifican la evolución con el movimiento, y no sólo con el movimiento, también con la dirección definida de ese movimiento. Sin embargo las metas son ilusorias, horizontes. El objetivo deseado cambia continuamente, y al ser alcanzado ya no es el mismo que se deseaba alcanzar. Tampoco quien lo deseaba es ya la misma persona. Por tanto no se alcanza aquello que se pensaba. No se alcanza nada. Se pasea, se visitan aconteceres, se viven apariciones, y guiados por el deseo nos maravillamos de lo que sucede, imposible de prever. Los niños juegan y corren sin saber para qué ni hacia dónde. El deseo es un fin en sí mismo. No imaginan una ganancia. Vivir es el premio. Estar vivo, y correr, y saltar, y jugar. Los adultos, estupidizados ya por esta "educación" pensada para crear máquinas que cumplan programas prefijados, tienen implantado un chip en el estómago que hace que este se encoja si se desvían del trayecto planeado antes de partir. A los niños se les enseña el valor de estudiar para pasar un examen, y no para sentir el placer de aprender mientras aprenden lo que desean, no por el placer de sentir más y más amplitud de significado en ellos, de expandir su consciencia. Los adultos tontos y sádicos, ofrecen a sus hijos en sacrificio a los pies de sus árboles genealógicos, fieles a la mentira familiar. Víctimas inconscientes de su propio asesinato, desvían su venganza y perpetúan la estupidez. La prueba es este mundo que los adultos han creado, los mismos adultos que se quejan ahora de la irresponsabilidad y egoísmo de sus hijos. Sin inmutarse. Sin que se les caiga la cara de vergüenza. El principal problema de los niños son sus padres y sus profesores. Han convertido la aventura de aprender en una castración, una ablación, un desollamiento, un lavado de cerebro, una imposición forzada de datos caducos y no pedidos, un hacer olvidar la sabiduría profundamente creativa con la que estamos conectad@s desde antes del principio. Si lo que importa es un examen futuro, una valoración, un juicio, el presente se convierte en un estrés continuo. Y la presencia serena y satisfecha desaparece. Es este sistema enfermo el que nos ha expulsado del paraíso, y al que hasta ahora hemos contribuido sin rechistar.

Toda una ola de gurús de la efectividad aprovechan este paradigma educativo, y enseñan cómo fijar y lograr objetivos. Quizás sea un error de interpretación de alguno de sus seguidores, que no lo ven simplemente como una herramienta de la que disponer para cosas concretas y puntuales, o quizás sea un enfoque táctico de estos gurús para llegar más profundamente a la psique y captar más acólitos, pero a través de ellos mucha gente asocia esa capacidad de alcanzar metas con la de ser feliz. Así el mundo está llenándose de personas satisfechas con su colección de objetivos alcanzados, como si fuesen los trofeos de un atleta adolescente, o las fotos que un alpinista adicto se hace en cada cumbre, personas que eligen ese camino de autoafirmación y que sienten, sin embargo, un inquietante vacío que no comprenden, y que intentan llenar una y otra vez, fijándose nuevos objetivos, para no tener que pararse y mirarse en el espejo. Viven continuamente en el futuro. En ninguna parte. Sacrifican el presente, haciendo a veces cosas que no harían en ese momento sólo porque creen que son pasos necesarios para alcanzar el supuesto estadio planeado. Confunden lo que llaman "capacidad de aplazar la recompensa" con el sacrificio, y con no honrar el presente. Una vida eternamente pospuesta.

Sumidos en este arquetipo conquistador, es normal que sintamos una profunda ansiedad cuando ni siquiera sabemos nombrar nuestra meta. Sentimos como un deber tener una "vocación", saber qué queremos "hacer en la vida". Es la pregunta infecciosa que extiende la insatisfacción por el mundo. Al hacerla, llamamos "vocación" a una etiqueta a la que encadenarnos. Sin saberlo buscamos un molde, una jaula para vivir, cuando la incertidumbre es el estado natural e inevitable de las cosas, la belleza siempre nueva del mundo.

Crees no saber qué quieres hacer en la vida porque lo piensas como meta, y no como camino. Siendo el inconsciente "realmente" quien nos guía, nunca sabremos qué queríamos hacer en la vida hasta que no lo hayamos hecho. Sólo mediante un análisis a posteriori, inerte. Porque no importa qué queríamos hacer, sino ir haciendo lo que deseamos de instante en instante. El camino es el que nos guía de forma misteriosa. Tu consciencia no puede elegirlo. Sólo puede irlo des-cubriendo. Crees no saber qué quieres hacer en la vida, y lo sabes. Todos sabemos lo que nos apetece y lo que no nos apetece a cada momento. Sin deberes y obligaciones que nos autoimpongamos, lo sabemos. Y aquello que nos apetece ahora es lo que la vida quiere que hagamos. El deseo es la señal del universo, su instrumento para guiarnos hacia nosotros mismos. Si deseamos varias cosas a la vez y no sabemos decidirnos, podemos echarlo a suertes o fusionar en una varias o todas esas cosas, o hacer varias a la vez si nos satisfacen por separado. Lo que importa es no hacer nunca nada que no deseemos. Si sentimos necesitar pararnos, o bloquearnos, para dilucidar mejor nuestro deseo, ese es el deseo del instante: pararse. El tiempo no se puede perder, porque no se puede perder una ilusión. Ahora quiero escribiros esta carta. Ahora esa es mi única vocación. No ser "escritor". Eso no significa nada. Pero sé que quiero escribir esto. ¿Qué deseas hacer tú ahora mismo? Si no es leerme, deja de hacerlo de inmediato y haz algo que te apetezca. Si quieres leerme, esta es tu vocación ahora mismo. A esto estás llamado, ¿no lo ves? A lo único que puedes dedicar tu vida con alegría es a realizar tu deseo, a desarrollarlo como quien tira de un hilo poco a poco sin saber a dónde te conduce. No hay metas ni vocación más que el ahora continuo. Últimamente me han preguntado mucho cómo descubrir qué hacer en la vida. La respuesta es sencilla y profunda a la vez: Haciéndolo. Si te gusta hacer algo, hazlo. Esperar a saber qué es lo que "más te gusta hacer" es una excusa para no hacer algo de lo que te gusta hacer, o para seguir haciendo, aterrad@, lo que no te gusta hacer.

Una lectora de corazón lúcido me ha escrito una bella carta hace poco. Me cuenta cómo, justo cuando ha decidido pararse un tiempo para descubrir qué hacer con su vida, su madre ha caído muy enferma. Entonces su prioridad ha cambiado, y ha decidido ir a cuidarla, a acunarla y abrazarla como su madre hacía con ella de pequeña. Pero, aunque tiene claro que esto es lo que más desea ahora mismo, no quiere renunciar a su búsqueda, y me pregunta, entiendo, cómo compaginar ambas cosas: la entrega al otro, y la entrega a sí misma. Sin embargo ambas entregas son la misma: Al entregarse a ese deseo de cuidar a su madre se entrega, sin saberlo, profundamente a ella misma. No hay separación. No hay dilema. Esa es su verdadera vocación ahora, recién encontrada: cuidar de su madre. Cuidar de su origen, ir hacia su origen, hacia sus raíces. Si se entrega totalmente a ello, a esa oportunidad, se dará de bruces con lo que busca desde entonces, desde su nacimiento, y que en el fondo siempre ha ido con ella. Lo que no se puede alcanzar. Lo único a lo que cualquier persona se puede dedicar verdaderamente, haga lo que haga en su vida. Lo que ES.

En cada cosa que desees hacer está implícita tu verdadera vocación. La vocación es aquello a lo que estás llamado, y el deseo es el instrumento sagrado y amoral que el universo utiliza para llamarte. No hay una actividad que debas encontrar. Tu vocación está más allá de cualquier actividad que puedas hacer. Es la historia que vas descubriendo, hagas lo que hagas, pienses lo que pienses, sientas lo que sientas, desees lo que desees, tengas lo que tengas. Tu vocación es seguir esa voz interior, aunque no sepas dónde te lleva, aunque parezcas dar bandazos o estar inmóvil a ojos de los que juzgan, o a tus propios ojos, que se juzgan. Nadie sabe a dónde se dirige. Algunos creen saberlo, pero nadie lo sabe. No se llega a ninguna parte, salvo a donde siempre has estado. Si crees tener una meta es porque esa meta ya está en ti y nadie te enseñó a saberlo. Alcanzar algo es des-cubrirlo para siempre en ti. Los maestros zen del tiro con arco saben que, una vez el arquero se convierte en el blanco, la flecha no alcanza el blanco, sino que ya está en él. No hay recorrido. No hay dificultad, ni obstáculos, ni proceso. La flecha y el blanco son una. No hay logro ni acierto. Sólo consciencia.

La meta ya está alcanzada desde que naciste, precisamente porque naciste. La vocación es un misterio que te guía más allá de cualquier opinión sobre tu vida, y de cualquier voluntad. Así que olvídate de esos conceptos absurdos, y simplemente haz lo que importa. Haz lo que deseas. Ahora.

Puedes






















No dejo de hablar con gente que cree imposible realizar determinados sueños. Por ejemplo: Hace poco conocí a alguien que ha decidido pensar que, a su edad, ya no es posible dedicarse a bailar "profesionalmente". Su sueño era bailar ante un gran público. Yo, como siempre, le dije que todo es posible, que seguro que con creatividad habría una forma de realizarlo. De inmediato, como presa de un estado hipnótico, poseída por una maldición ancestral, intentó desviar la conversación para proteger su creencia. Solemos ser los carceleros de nosotro mismos. Pero lo cierto es que no hace falta tener una edad, ni unas condiciones físicas determinadas para bailar. Quizás te harían falta para hacerlo de la forma más habitual de hacerlo. Pero no para hacerlo. Basta con conocer historias como la de Nadia Adame para quedarse estupefacto ante cualquier excusa absurda. Nadia decidió ser bailarina a pesar de sufrir una lesión medular. Hoy baila por todo el mundo, tiene su propia compañía, y realiza ángulos con su muleta y su cuerpo imposibles para otros bailarines, según afirma ella. Es decir: además de dedicarse a bailar, ha creado un estilo propio gracias a su lesión, transformando su aparente traba en una herramienta mágica. ¿Y la edad? No me cuesta imaginar los bellos y lentos movimientos que, un anciano sincero e inocente, podría ofrecer al baile también.

Con una buena idea, además, ni siquiera el esfuerzo y el sacrificio son necesarios. No hace falta violentar el cuerpo, ni seguir una ferrea disciplina, ni una entrega total, ni una basta experiencia. Matt Harding, por ejemplo, grabó hace tiempo una serie de vídeos con mucho éxito en internet. En ellos baila ante miles y miles de personas que, diariamente, le ven por todo el mundo. Sin ni siquiera ser bailarín de profesión. Haciendo unos movimientos que cualquiera de nosotros sabe hacer. Bailando como bailamos para reirnos en casa, sólos o con algún amigo.

En mi opinión ha conseguido, sabiéndolo o no, llegar a la esencia de la danza. Cuando aquí, en este planeta, la primera persona comenzó a bailar, no existían "técnicas", ni "tipos" de baile, ni "profesiones". No existían "pasos" a estudiar. Seguramente, esa persona comenzó a bailar instintivamente, para expresar un estado de ánimo, o lo que sentía al escuchar una música, o para rezar, quién sabe. Nunca sintió que se debiera preparar para nada, en ningún sentido. Bailar era bailar. Y aquí está lo bello: Hoy, cuando el ser humano lleva a sus espaldas una basta cultura al respecto, cuando existen escuelas de baile por todo el mundo, cuando el baile se ha convertido en algo complicado y sacrificado, dicen, Matt baila como imagino bailaba aquella primera persona. Sólo por diversión. Y habiendo hecho de ello casi una profesión... ha elevado la esencia a la misma altura que lo elaborado por miles de años de cultura. Recuperándola.

Y hay algo más bello y profundo para mí en la idea sanadora de Matt. Se trata del contagio de la alegría. Matt es, sabiéndolo o no, un verdadero sanador. Muchas personas viven protegiéndose de la tristeza, en una actitud defensiva, quejándose de las "malas vibraciones", de la "mala suerte", de la amargura de los demás. Como si fuesen agentes pasivos resignados a tener que soportar lo que les sucede. Y, sin embargo, la alegría es algo que uno puede crear, y es mil veces más contagiosa que esa amargura "ajena" que decimos nos pesa. Si en vez de quejarnos, nos centramos en nuestra propia alegría y en cómo compartirla, la amargura -ajena y propia, que es la misma- también es disuelta. 

Teniendo en cuenta los beneficios probados sobre la salud de la alegría, la actitud positiva, la sonrisa... Y teniendo en cuenta que un ser humano alegre, que sabe divertirse, nunca declararía una guerra, ni encontraría placer alguno en hacer daño al prójimo... las implicaciones de contribuir a la expansión de la alegría son incalculables. Si veis sus videos y luego imagináis la tremenda difusión que están teniendo, entenderéis hasta qué punto se trata de una medicina universal. Si piensas que Matt no puede ser considerado un "bailarín profesional", entonces aún intentas justificar, dentro de ti, el ingente esfuerzo que hemos puesto como precio para lograr cualquier prestigio.

Puedes dedicarte a bailar sea cual sea tu condición. Puedes dedicarte a cualquier cosa. Si crees no poder hacerlo de la forma habitual, inventa una nueva manera. O asume que nunca lo deseaste lo suficiente, deja de alimentar ideas infantiles y obsesivas que te atan al pasado, y encuentra tu voz en el mundo por otro camino que desees realmente ahora. No utilices lo que no estás dispuesto a hacer, como excusas para no hacer nada más. No utilices un sueño falso para acomodarte en tu sentimiento de fracaso. Cualquier deseo clama por ser realizado. Cualquier deseo tiene su forma de realizarse. O bailas, o pruebas y te diviertes, o cruzas los brazos y te quedas mirando. Tú decides. Os lo digo a todos. Y a mí al primero.