Anti-Curriculum de un ego hermoso















Soy autodidacta. He aprendido a través de todo lo que acontece, a través de personas que admiro, y a través de quienes me han molestado. También a través del profundo intercambio de algunas miradas amigas o aparentemente desconocidas. Me ha sido imposible aprender a través de quienes ni siquiera me percato. No creo en el conocimiento oficial, el cual se articuló para ocultar lo importante, lo que haría posible transformar todo. No creo en el conocimiento reglado, pensado para que todos sigamos el mismo camino y nos convirtamos en ovejitas idiotas. Creo que el verdadero aprendizaje consiste en un recuerdo del saber innato que nos prohibieron. No creo en la experiencia en sí misma, que apesta, sino en la inocencia a través de la experiencia, o a pesar de ella. Creo que los curriculums son cementerios, y que cargar cadáveres nos ata a lo que ya no somos. Creo en la sabia y compleja síntesis de la intuición, y no en el análisis consciente de los datos. Soy un des-informado por voluntad propia, y sólo me interesa la opinión de los niños y de aquellos que llaman “locos”. Me estoy aburriendo de discutir, por eso me divierte cada vez más escribir. No pretendo hacerme entender, ni creo que podamos entender lo que otros dicen, pero creo que puedo servirte para que te entiendas, o mejor... para que aceptes la alegría de no entender ya nunca nada, y puedas así comenzar a inventarte. No me considero “espiritual”. Tengo un ego hermoso. A veces me enfado y reacciono, y no me juzgo por ello, igual que no juzgo una tormenta ni un terremoto. Si te gusto o no te gusto, si me quieres o no me quieres, no me interesa. Tus ideas y expectativas sobre mí no me incumben. “Yo” sólo soy mi propio ejemplo. No me utilices como excusa.

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Nota sobre exorcismos


Gustave Doré


















-¿De verdad eres “exorcista”?, suelen preguntarme.
-Sirva esta respuesta:

El diablo o diablos sólo son metáforas, para mí, de aquello que vivimos como “negativo” en nosotros. Desde ese punto de vista, sentir que tienes un problema es estar poseído.

Si aceptamos que no hay problemas, sino formas de pensar nocivas sobre lo que creemos que nos sucede, entonces realizar un exorcismo consistiría en provocar la mutación del pensamiento, de tal forma que sintamos que el problema se ha disuelto.

Esa es la posibilidad que pretendo crear siempre con todo lo que hago, de distintas formas, y a partir de lo poco que sé en cada momento.

Utilizar esa palabra era, además, mi forma de relacionarme en secreto con una tradición antigua de incubadores de sueños, profetas, oráculos, y conocedores de determinadas leyes ocultas hoy mal entendidas y prostituidas en mi opinión, una forma de recuperar esta palabra expropiada a un saber perenne por una absurda religión.


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Lo que he aprendido

©Georgina Ciotti






















He aprendido que todo aprendizaje es efímero. Al instante siguiente de aprender algo puedes aprender aparentemente lo contrario. Toda experiencia es única e irrepetible, y no sirve a nadie más, ni en ningún otro momento. He aprendido que las conclusiones son excusas para no ir más allá de nuestra concepción habitual del mundo, que es la costumbre que nos acuna y también nos encierra. Las conclusiones son intentos de frenar un aprendizaje que, por definición, es imparable e infinito. He aprendido que no hay prisa porque ya estoy allí donde voy, ya soy lo que seré y lo que no seré, y ya tengo todo cuanto deseo desde que nací. He aprendido que la experiencia no da sabiduría, sino que la sabiduría es lo que haces con cualquier experiencia, y que si confías en que la experiencia te dará algo por sí misma, sólo tendrás prejuicios.

He aprendido que algunas cosas me han funcionado hasta ahora, pero que puedo hacer siempre que funcionen mejor. He aprendido que algunas cosas no me han funcionado hasta ahora, pero que puedo aprender cómo hacer que funcionen. Dicen que Buda dijo: “La verdad es lo que da resultado”. He aprendido a sentir la verdad en todas partes. Y he aprendido que todo es por algo, y que esa causalidad se puede inventar y es útil, aunque no sea literalmente cierta, quién sabe. 

He aprendido que la sabiduría del universo se expresa con facilidad, y que la dificultad al aprender algo genera un orgullo con el que lo aprendido te esclaviza. Cuanto más esfuerzo ha requerido el aprendizaje, más se tiende a afianzarlo y, por tanto, más se suele identificar uno con ello. Y entonces se guarda como un trofeo disecado y se esgrime con absurdo prestigio, cuando ese aprendizaje ya está obsoleto. 

He aprendido que el intento de enseñar al otro le impide aprender, pero que el propio deseo y la propia alegría de aprender todo el tiempo, contagia ese deseo y esa alegría en los otros. 

Aprendí algunas cosas básicas, dicen, como que el fuego quema. Pero he aprendido que quizás quema por la costumbre de quemarnos con él, y es la creencia reforzada por esa costumbre la que en verdad nos quema. Porque el fuego puede no quemar, si aprendes a ser el fuego. 

He aprendido que uno puede aprender cualquier cosa que se proponga, y digo cualquiera. Y que para seguir aprendiendo es necesario ir desaprendiendo todo cuanto se aprende, y no poseer ideas previas. 

He aprendido a no saber ya nada, a no saber al fin quién soy, ¡qué alegría! He aprendido que todo aprendizaje es sólo un punto de vista de un aprendizaje colectivo, inabarcable para un ser humano, que sucede a pesar de todos nuestros supuestos aprendizajes. Y he aprendido que todo esto que he aprendido, a veces, y desde cierto punto de vista, también es “mentira”.


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(Texto publicado en "Momento a momento. Revista de actores y actrices en movimiento", en la sección "Lo que he aprendido", coordinada por Oscar Durán-Yates: Enlace a fuente original)